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El Argentino

Dante Gebel: cuando los predicadores llaman a la puerta del poder


La irrupción de Dante Gebel en la Argentina no puede leerse como una anécdota. Su semana de reuniones con sindicalistas, empresarios y dirigentes expuso algo más profundo: el desgaste del oficialismo, la búsqueda de una alternativa y una crisis de representación que ya excede a la política local.

Hay fenómenos que no aparecen de golpe. Se incuban durante meses, a veces durante años, y sólo se vuelven visibles cuando una serie de señales los empuja a la superficie. La aparición política de Dante Gebel parece responder a esa lógica. No se trata todavía de una candidatura formal ni de una estructura consolidada, pero sí de un movimiento que merece atención. Durante años, Gebel fue conocido como pastor evangélico. Hoy él mismo dice que no lo es. Puede discutirse la etiqueta, aunque en el universo evangélico el liderazgo no siempre depende de un diploma sino de una autoridad personal construida con el tiempo. Pero esa discusión es secundaria. Lo central es otra cosa: la semana argentina de Gebel no tuvo tono religioso. Tuvo tono político.

El fenómeno Gebel

Durante su paso por el país mantuvo reuniones con parte de la conducción de la CGT, con intendentes, con dirigentes territoriales y con empresarios de primerísima línea interesados en escuchar qué piensa y qué busca. También apareció en esa agenda el gobernador cordobés Martín Llaryora. No es una lista menor. Tampoco es una agenda que consiga cualquiera. Ni primeros ministros que visitan la Argentina suelen, en pocos días, acumular semejante nivel de interlocución. Hubo incluso un episodio que rozó al fútbol. Según trascendió, Pablo Toviggino, tesorero de la AFA, habría intercedido ante la dirigencia de Lanús para facilitar el microestadio donde se presentó semanas atrás Consolidación Argentina, el espacio desde el cual comenzó a insinuarse una eventual proyección presidencial de Gebel.

En medio de esa secuencia hubo una sola negativa visible. El arzobispo de Buenos Aires, Jorge García Cuerva, decidió no recibirlo y suspendió una reunión prevista. Para algunos fue un gesto menor. Para otros, una señal política. Y hubo quienes pensaron lo mismo de inmediato: bien que hizo. Porque conviene decirlo desde el inicio: aquí no se está discutiendo religión. Se está discutiendo política.

El crecimiento evangélico en la Argentina no es nuevo. Tiene presencia fuerte en sectores populares, en barrios donde el Estado llega tarde o directamente no llega, y también en franjas vinculadas al movimiento obrero. Esa expansión explica por qué la política tradicional observa hace tiempo ese fenómeno con atención. Lo mismo ocurrió en otros países. En Brasil, por ejemplo, el respaldo de importantes sectores evangélicos resultó decisivo en el ascenso de Jair Bolsonaro. En Estados Unidos, la relación entre religión organizada y política lleva décadas. No hay nada ilegítimo en eso. Toda fuerza social tiene derecho a participar en democracia. El punto no pasa por ahí. La pregunta real es qué expresa Gebel en este momento argentino y quiénes están mirando esa figura como una posibilidad.

Lo que empieza a insinuarse es que Gebel podría ser el experimento de una parte del llamado círculo rojo. Sectores empresarios, actores de poder y operadores que perciben algo antes que la política tradicional: el desgaste. El dinero suele prepararse antes que los partidos. Mientras la dirigencia discute internas, nombres y calendarios, los sectores económicos miden riesgos. Si el oficialismo se erosiona, si la recuperación no llega, si la recesión se prolonga y el malhumor social crece, alguien buscará ocupar ese espacio. En esa lógica aparece Gebel. Detrás de algunos movimientos se menciona a Eugenio Casielles, ex dirigente libertario que integró el universo inicial de La Libertad Avanza y luego tomó distancia. En abril lanzó su propia línea política en la provincia de Buenos Aires. Nada de eso prueba por sí solo una operación cerrada, pero tampoco parece improvisación.

Hay una porción importante del electorado que votó a Javier Milei con expectativas concretas. No necesariamente por convicción ideológica absoluta, sino por cansancio con lo anterior y por esperanza de mejora rápida. Muchos aceptaron un shock inicial pensando que sería breve y que luego se acomodaría la relación entre ingresos y precios. Eso no ocurrió. La recesión se prolongó, el consumo cayó, los salarios perdieron poder adquisitivo y una parte de la clase media empezó a sufrir una degradación a la que no estaba acostumbrada. Familias con ingresos que antes llegaban con dificultad hoy directamente no llegan. Pero del otro lado también hay rechazo. Muchos no quieren volver al peronismo tal como lo conocieron en sus últimas administraciones, sobre todo después del fracaso del gobierno de Alberto Fernández. Entonces aparece un espacio intermedio. Un sector que no quiere seguir igual, pero tampoco desea volver atrás. Ni tan calvo ni tan peludo. Y todo vacío político, tarde o temprano, busca ser ocupado.

En sus pocas intervenciones públicas y en versiones recogidas de reuniones privadas, Gebel dejó pistas. Repite la imagen del abrazo Perón-Balbín como símbolo de concordia nacional. Cita a José Hernández y la necesidad de que los hermanos se mantengan unidos para no ser devorados desde afuera. Por momentos, de a ratos, el discurso se parece incluso a una narrativa peronista. Sin embargo, también pone el foco en la inseguridad de la provincia de Buenos Aires, cuestiona a Milei por la decadencia industrial argentina y plantea como preocupación central el colapso del sistema educativo. No habla como libertario clásico. Tampoco como peronista clásico. Habla para un electorado cansado de ambas cosas. Eso no es improvisación. Es estrategia.

Hay otro aspecto imposible de ignorar: el nivel de despliegue. Gebel se mueve con logística importante, comitivas numerosas, agenda intensa y traslados privados. Cuesta creer que una estructura de ese tamaño se sostenga sólo con entusiasmo espontáneo. Por eso él mismo decidió fijar una consigna: “A Gebel lo financia Gebel”. La frase intenta clausurar preguntas. En realidad, las abre. Porque cuando alguien necesita explicar tanto de dónde sale el dinero, es porque el dinero ya entró en la conversación. Tal vez Gebel nunca llegue a competir seriamente. Tal vez su experiencia quede en ensayo. Tal vez sea una prueba de laboratorio. Pero aun así seguiría siendo relevante. Porque Gebel importa aunque no gane nada. Importa porque muestra que una parte del poder económico no tiene garantizada la continuidad del experimento Milei. Importa porque revela miedo arriba: miedo a que la recesión desgaste más rápido de lo previsto al oficialismo. E importa porque detecta bronca abajo: bronca de sectores sociales que sienten que quedaron afuera de la economía.

La crisis más profunda

Y aquí conviene ampliar la mirada. Lo que sucede en la Argentina no está aislado. Forma parte de una tensión mayor entre democracia formal y poder real. En Europa, no son pocos los gobiernos que llegan al poder por el voto popular y luego descubren que gobernar tiene límites cada vez más estrechos. Líderes europeos se quejan en privado —y a veces en público— con una pregunta brutal: ¿para qué me eligen presidente o primer ministro si después no puedo gobernar? Las decisiones esenciales quedan condicionadas por mercados, organismos financieros, burocracias supranacionales y capitales concentrados.

A eso se suma una nueva fase del poder económico que algunos describen como ultracapitalismo y otros como tecnofeudalismo: fortunas descomunales, plataformas digitales capaces de moldear opinión pública y redes que sustituyen a los viejos medios tradicionales. No se trata sólo de riqueza. Se trata de capacidad de mando. La democracia europea tambalea cuando los gobiernos elegidos deben administrar decisiones que otros ya tomaron. En Asia, buena parte del equilibrio regional funciona bajo la tutela de China, que no es precisamente un modelo democrático liberal. En Europa del Este, la lógica militar domina la escena. Rusia se siente cercada por la expansión de la OTAN y responde desde una lógica geopolítica dura. Netanyahu sostiene que no puede aceptar un Irán con capacidad nuclear a más de mil kilómetros de distancia. Irán ha limitado controles e inspecciones internacionales en distintos períodos sobre el alcance de su programa nuclear. Del mismo modo, Vladimir Putin argumenta que no aceptará sistemas militares hostiles demasiado cerca de su frontera. Es la misma lógica del miedo estratégico aplicada desde distintos lugares. En África, muchas democracias siguen en una etapa frágil, atravesadas por conflictos internos, guerras tribales, pobreza extrema y debilidad institucional.

Frente a ese panorama surge una tesis provocadora: una de las pocas regiones donde todavía puede discutirse una democracia razonable, con equilibrio entre mercado y Estado, es Sudamérica. Y dentro de esa región aparece un tríptico evidente: Brasil, Uruguay y Argentina. Por tamaño, por peso atlántico, por tradición electoral y por capacidad relativa de sostener sistemas políticos competitivos, esos tres países concentran una responsabilidad histórica mayor de la que a veces admiten. Lo que allí está en juego es si el Estado conserva algún rol para defender a las mayorías y a las minorías frente al avance de una nueva concentración de poder económico. Algunos la llaman ultracapitalismo. Otros, tecnofeudalismo. Fortunas descomunales, plataformas digitales que moldean opinión pública, redes que sustituyen medios tradicionales y actores privados con capacidad creciente de condicionar gobiernos. La discusión del siglo XXI pasa por ahí.

La Argentina ya está viendo sus efectos. La recesión económica golpea a los principales concentradores de trabajo, que son las industrias. No el campo ni la minería. La industria. Y cuando la industria cae, cae empleo de calidad, cae consumo y cae tejido social. Los números ya son visibles: se estiman 275.000 puestos de trabajo perdidos, de los cuales alrededor de 75.000 corresponden al Estado y al sector público, mientras que el resto impacta en la actividad privada. Son cifras que explican buena parte del malestar social acumulado. La Unión Industrial Argentina ya está a los gritos. Hace rato dejó de acompañar en silencio. El malestar empresario también se expresa en reuniones cruzadas, almuerzos y conversaciones con oficialismo y oposición. Cuando los sectores productivos empiezan a hablar así, es porque el problema dejó de ser coyuntural.

Mientras tanto, en la calle, una frase resumió mejor que cualquier informe técnico el clima social actual:

“Me dejaste afuera de la economía, me tiraste a matar. En la próxima elección voto a Drácula antes que votarte a vos.”

Me pareció un buen resumen de lo que está pasando en el electorado argentino en este momento.

Por eso Dante Gebel no importa solamente por Dante Gebel. Importa por lo que revela. Revela que arriba empiezan a dudar. Revela que abajo crece el fastidio. Revela que cuando los partidos dejan vacíos, alguien aparece para llenarlos.

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