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El Argentino

La política después del shock: Milei, las PASO y el nuevo cálculo del poder


La discusión sobre la eliminación de las PASO ya dejó de ser solo una cuestión electoral. Detrás de la insistencia del gobierno nacional se esconde una preocupación mucho más profunda: el desgaste político de un modelo que hasta hace pocos meses parecía avanzar sin resistencia. La caída de la imagen presidencial, la recesión económica y los movimientos silenciosos del establishment financiero empiezan a redibujar el escenario político argentino.

Voy entendiendo por qué Milei no quiere las PASO.

El presidente basa toda su estrategia comunicacional en “Yo solo les gano a todos; los que quieran ser aliados tienen que sumarse a LLA”. Y esa arquitectura política empezó a resquebrajarse de golpe. Dos años de bruta recesión económica, 250.000 puestos de trabajo perdidos (un millón de votos menos), la crisis terminal de varias industrias —la textil sobre todo—, las corrupciones (LIBRA, ANDIS), el enriquecimiento súbito de Adorni que se investiga y, fundamentalmente, las encuestas empiezan a mostrar dos datos peligrosos: imagen positiva 34%; a favor de un cambio de gobierno, 72% (tres cuartos). Es decir: un tercio todavía aguanta al presidente, pero tres cuartos quieren un cambio de gobierno.

Una parte importante de la población parece estar dispuesta a continuar con el modelo capitalista alineado con Estados Unidos y con el ajuste fiscal a rajatabla, pero con un formato menos agresivo que el de Milei. Otra parte importante piensa exactamente lo contrario. Sin embargo, la reacción que verdaderamente le duele al presidente es la del círculo rojo, la patria financiera. El establishment financiero teme que gane Kicillof. Están convencidos de que, si la economía sigue esta trayectoria tan recesiva para el consumo interno, son bajas las posibilidades de que el electorado vote la reelección.

¿Qué dice la prensa especializada?

Milei ya sabe que el establishment está en búsqueda de un candidato que continúe el proyecto de una Argentina capitalista. El primero en reaccionar fue Macri. Paolo Rocca, los Saguier, Mauricio Macri y otros pesos pesados del establishment argentino quieren un Plan B, un paragolpes que frene a Kicillof si Milei se hunde. Hoy la alternativa más concreta es Brito, el joven presidente del Banco Macro. Otra opción es el propio Macri; por eso el PRO quiere las PASO, para llevarse en las internas una parte del electorado liberal disgustado con Milei. Eso configuraría una elección con una primera vuelta dividida en tres partes. En esa opción, una segunda vuelta entre Kicillof y Macri es matemáticamente posible.

Karina Milei y Martín Menem están enfocados en lograr la derogación de las PASO. Toda la acción del Gobierno parece supeditada a ese objetivo. Eliminar las PASO es indispensable porque el peronismo —superada su interna con La Cámpora— puede articular una nueva fuerza de centro que involucre al peronismo de Córdoba, con Natalia de la Sota, al de Santa Fe y a muchos gobernadores peronistas desesperados por recuperar los ATN para la obra pública y la coparticipación federal de impuestos. Agregale los jubilados desesperados, los estudiantes universitarios, los discapacitados, los científicos y otros sectores perjudicados por la política anarcocapitalista. El riesgo es alto y el establishment financiero sabe que si vuelve el peronismo al gobierno, se les termina el negocio. El establishment industrial, en cambio, ya sabe que, con Milei y la apertura indiscriminada de importaciones, va al muere.

Kicillof —también Macri— les asegura que volverán a los aranceles para la importación de bienes producidos en la Argentina. Política proteccionista de la producción nacional. Estados Unidos, Francia e Italia hacen exactamente lo mismo, aunque acá todavía algunos sigan vendiéndolo como una excentricidad populista.

Tal parece que el modelo político del “Yo solo les gano a todos” se volvió un lema de campaña peligroso. “Si no me votan, vuelven los kukas” tampoco funciona si Kicillof logra concretar su frente de centro. Nada parece marchar de acuerdo al plan.

El ministro Caputo entiende que ya no hay otra opción que reactivar la economía. Bajar las tasas financieras y achicar los encajes para reactivar el crédito bancario, facilitar el crédito hipotecario o ayudar a las familias a refinanciar sus deudas, como propone un proyecto del diputado Guillermo Michel. Caputo todavía confía en los dólares de la retención a las exportaciones agrarias que se avecinan con la cosecha de soja. La confianza se explica sobre todo por las declaraciones de exportaciones que están anticipando los exportadores sojeros.

Pero ahí aparece otro problema: Caputo no entiende al campo. Los productores venderán lo mínimo necesario para la reposición de semillas, fertilizantes y maquinaria; el resto lo ensilarán. Están fijando precio ahora porque descuentan que habrá una devaluación. Pagan impuestos en el momento en que declaran, con este dólar de 1400 pesos, y cuando cobren las ventas —menos las retenciones— dentro de algunos meses, especulan con un dólar de 1800 o 2000 pesos.

La última carta vuelve a ser Donald Trump y Scott Bessent. Pero ya no es el mismo dúo de 2025. Habrá que ver cómo resultan las elecciones de medio término en Estados Unidos el próximo noviembre. Si Trump pierde la mayoría en la Cámara de Representantes, los demócratas recortarán buena parte de los gastos de política exterior del presidente norteamericano. Ni hablar si la guerra con Irán termina mal.

En el plano internacional, Caputo apuesta a que en junio el directorio del MSCI revise la calificación de la Argentina y la ubique en la categoría de “mercado de frontera”. Eso permitiría que los fondos de pensión de Estados Unidos invirtieran en activos argentinos, algo que hoy tienen vedado por la calificación del país. La medida podría activar una inyección cercana a los 7.000 millones de dólares. El problema es que esos dólares no serían para repartir: servirían para pagar al FMI y a los bancos acreedores. Solamente en 2026 vencen compromisos por unos 20.000 millones de dólares.

Hay que reactivar la economía y cortar con la recesión. Todos estos grupos financieros podrán ser económicamente poderosos, pero en las elecciones generales suman cuatro votos. Y reactivar la economía es, justamente, el discurso de Kicillof: recuperar el mercado interno, achicar los intereses, activar el crédito industrial y, además, ofrecer —en sintonía con Lula— la construcción de la ruta interoceánica, el gasoducto a San Pablo y el puerto de aguas profundas en Bahía Blanca para exportar gas licuado. Todos negocios para la industria nacional.

Habrá que ver qué tiene Milei… algo debe tener. Trump no puede permitir que se arme el tríptico atlántico Brasil-Uruguay-Argentina: una tercera posición laborista negociando al mismo tiempo con Estados Unidos, Europa y los BRICS.

Después del shock económico, empieza otra discusión: qué pasa cuando el miedo, como herramienta política, deja de alcanzar.

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