Al votante libertario no le importa el discurso delirante del presidente argentino, tipo Trump. Deben ser pocos los que aprueban los insultos y descalificaciones de Milei a periodistas, científicos, académicos, economistas, universidades, artistas y otras instituciones que producen conocimiento o construyen sentido. Tampoco parecen importarle las denuncias y las investigaciones judiciales por presunta corrupción que afectan a su gobierno. Al colectivo libertario nada de esto le modifica el voto.
El que vota peronista disimula los casos de corrupción que involucran a dirigentes políticos, exfuncionarios y empresarios vinculados al kirchnerismo: Amado Boudou (caso Ciccone), Julio De Vido (tragedia de Once y compra de trenes), Ricardo Jaime (enriquecimiento ilícito), José López (los bolsos con 9 millones de dólares), Lázaro Báez (lavado de dinero) y Cristina Fernández (causa Vialidad). Algunos cuestionan sus condenas con el argumento de la persecución judicial (lawfare), el uso de los procedimientos judiciales con fines políticos. Aun si así fuera, en el ideario peronista la corrupción de sus funcionarios no es ética; pero, al colectivo peronista no le importa, no le modifica el voto.
Esto sucede porque los unos votan contra los otros, no votan a favor de los propios. Los que están en el medio también terminan votando en contra del peor, para no perder el voto. Cuando el elector vota un programa de Gobierno partidario en el que confía y comparte, vota con amor, con sentimiento positivo. Así votaron a Perón, así votaron a Alfonsín. El voto positivo tiene mucha fuerza y arrastra a las mayorías. El voto negativo, voto “contra”, enfatiza la grieta, el enfrentamiento entre dos sectores sociales; no genera sentido común, al contrario, es disolvente.
La “política del odio” no es un privilegio argentino, es universal; estamos replicando una pandemia política. El siglo XXI es el escenario de enfrentamientos sociales que redefinieron el orden mundial; todos se fundamentan en políticas de odio:
La «Guerra contra el Terrorismo». Proclamada por Estados Unidos tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, dio sustento a una política de invasiones, bombardeos e intervenciones militares en Oriente Medio y otros países de mayoría musulmana, desde Afganistán e Irak hasta operaciones en Somalia y Libia.
La Primavera Árabe (2011). Una ola de protestas populares que provocó la caída de los gobiernos de Túnez y Egipto, derivó en una guerra civil y una intervención militar extranjera en Libia, y desencadenó una devastadora guerra civil en Siria.
El genocidio de Israel en Gaza (más de 74.000 palestinos muertos, según las autoridades sanitarias de Gaza) en castigo por el ataque terrorista del grupo islamista Hamás el 7 de octubre de 2023, que dejó un saldo de alrededor de 1.200 personas asesinadas y 251 secuestradas.
La invasión rusa de Ucrania (2022). Un conflicto con antecedentes desde 2014 en el Donbás, una región industrial del este de Ucrania donde el ruso es una lengua ampliamente utilizada. La ONU documentó las tensiones lingüísticas y advirtió ya en abril de 2014, en su informe sobre derechos humanos en Ucrania (ver informe completo ↗), que la retórica nacionalista y los discursos de odio podían agravar las divisiones sociales. A estas tensiones se sumaron las disputas geopolíticas entre Rusia y la OTAN, hasta desembocar en la invasión rusa a gran escala de 2022.
Si los comparamos con los fundamentos de algunos de los grandes movimientos sociales y de liberación de la segunda mitad del siglo XX, después de la Segunda Guerra Mundial, la diferencia es notable. Aquellos movimientos buscaban conquistar la independencia, ampliar derechos o poner fin a distintas formas de opresión, aunque muchos de esos procesos se desarrollaron en medio de una represión brutal, conflictos armados y graves episodios de violencia.
La independencia de la India (1947). Liderada por el movimiento de resistencia pacífica y desobediencia civil de Mahatma Gandhi, puso fin al dominio colonial británico. Aunque la independencia perseguía una causa de liberación, la partición que dio origen a India y Pakistán, incluido Pakistán Oriental, que se independizaría en 1971 como Bangladesh, estuvo acompañada por una enorme violencia entre comunidades religiosas y desplazamientos masivos de población. Hoy, en el siglo XXI, las tensiones religiosas persisten: bajo el gobierno de Narendra Modi, organizaciones de derechos humanos han denunciado políticas discriminatorias y discursos de odio contra la población musulmana, como documenta Human Rights Watch (ver informe completo ↗).
La Revolución Cubana (1959). El movimiento guerrillero encabezado por Fidel Castro y Ernesto «Che» Guevara derrocó a la cruel dictadura de Fulgencio Batista.
Luchas por la descolonización en África y Asia. Los movimientos independentistas de Argelia, Vietnam y el Congo buscaron poner fin al dominio colonial europeo. Enfrentaron una represión brutal, especialmente en Argelia, donde el Ejército francés recurrió sistemáticamente a la tortura y desarrolló prácticas de guerra contrainsurgente que posteriormente influyeron en las doctrinas represivas de las Fuerzas Armadas argentinas, como documenta un estudio histórico publicado por Oxford (ver informe completo ↗).
El Movimiento por los Derechos Civiles en Estados Unidos (décadas de 1950 y 1960). Martin Luther King Jr. combatió la segregación racial mediante la movilización masiva y la acción directa no violenta.
Mayo del 68 (Francia). Revueltas estudiantiles y huelgas obreras que arrinconaron al gobierno de Charles de Gaulle, marcando una ruptura cultural, generacional y política en Occidente.
La revuelta de Stonewall (Estados Unidos, 1969). Una redada policial en un bar de Nueva York desencadenó varios días de protestas contra la persecución y la discriminación de las personas LGBT, con la participación de activistas, mujeres trans y otros miembros de la comunidad. Fue un punto de inflexión que impulsó el movimiento moderno por la diversidad sexual.
La Revolución de los Claveles (Portugal, 1974). Un levantamiento militar apoyado por civiles que puso fin a una de las dictaduras más antiguas de Europa (el Estado Novo), con escaso derramamiento de sangre.
El movimiento Solidarność (Polonia, 1980). Las huelgas en los astilleros de Gdańsk, lideradas por Lech Wałęsa, dieron vida al primer gran sindicato independiente reconocido oficialmente en un país del bloque soviético y contribuyeron a acelerar la caída del comunismo en Europa del Este.
La caída del Muro de Berlín (1989). La masiva presión popular en Alemania Oriental fracturó el telón de acero y abrió el camino a la reunificación alemana y al fin de la Guerra Fría.
El fin del apartheid (Sudáfrica, 1994). Décadas de resistencia contra la segregación racial, con Nelson Mandela como una de sus principales figuras, culminaron en las primeras elecciones democráticas multirraciales y el fin del apartheid.
Eran conflictos diferentes, colectivos, inspirados en mejorar la calidad de vida humana; los conflictos actuales pretenden deteriorar la calidad de vida de los derrotados. En materia electoral, la política del odio no pasa solo en Argentina; sucede también en Brasil, España y Francia, por mencionar algunas elecciones próximas.
¿Se puede salir de este laberinto? Nadie sabe cómo. Cualquiera que sea el que gane, en las elecciones y en las guerras, profundiza la grieta societaria; pero donde ganen las derechas, el costo socioeconómico para las mayorías postergadas será más alto.