Si un 30% festeja y un 70% padece, ¿por qué suponemos una elección polarizada —40/40— en 2027?
Dividir la actividad económica de un país en macro y microeconomía es una falacia monetarista que se utiliza para convencer a los pobres de que el triunfo de los ricos es la victoria del país. Lamentablemente, no es cierto; el dinero no tiene patria.
Salvada esta cuestión, bajo la administración Milei hubo sectores de la actividad macroeconómica que resultaron muy favorecidos.
Los principales vectores fueron la banca financiera, los altos intereses, el dólar planchado y el carry trade. El Estado ofrece bonos con liquidación a término y una rentabilidad exuberante, asociada con un período de dólar “planchado” de forma artificial por el Ministerio de Economía, que permite el mecanismo de carry trade. Consiste en cambiar dólares baratos por pesos, invertir esos pesos en el sistema financiero del Estado, bonos, letras, cupones, devengar grandes intereses, liquidar esas letras a término con la ganancia en pesos y comprar dólares al mismo valor, o muy parecido. El resultado: una rentabilidad en dólares del 10% trimestral, en promedio, contra una rentabilidad del 0,50% trimestral que hubiera obtenido una operación similar en la banca financiera internacional. Este mecanismo se aplicó claramente en tres períodos de tres a cuatro meses cada uno durante los dos primeros años de Milei en el Gobierno; el último, en 2026, fue despreciado por la banca financiera, que está expectante de una normalización de la cotización o de una crisis financiera que ya no soporta un dólar a $1.400.
A esto se suma la transferencia de ganancias al extranjero. Esta operatoria, cuasi litúrgica de los gobiernos liberales, Martínez de Hoz, Cavallo, Caputo, está asociada con el permiso de los gobiernos liberales a las empresas extranjeras para transferir al extranjero sus ganancias en dólares, que además le compran al Estado al valor del dólar oficial. Negocio redondo. Lo que vulgarmente se conoce como “fuga de divisas”. Una consecuencia del mecanismo anterior es el turismo al exterior. La clase media acumula dólares para sus vacaciones en el extranjero, un salto en calidad de vida que este sector de la sociedad argentina tiene como un derecho adquirido de los últimos 50 años y que no quiere perder. Su razón tiene.
Otro de los grandes vectores es Vaca Muerta. La energía y la minería son dos recursos exportables que tienen que dejar en breve un saldo de 25.000 millones de dólares por año. Vaca Muerta comenzó su explotación en 2013 bajo la administración de Repsol-YPF. Es una herencia que le dejó la expresidenta Cristina Fernández viuda de Kirchner y que bien usa Milei. Hay mucha inversión extranjera asociada con este proyecto. Sería deseable que YPF estuviera asociada a esas inversiones.
El otro gran componente es el ajuste fiscal, es decir, la reducción del gasto público. El 70% del ajuste en el gasto público que le permite al Estado tener superávit fiscal, más ingresos que egresos, se concentra en dos indicadores: obra pública y jubilaciones. En obra pública, el gobierno nacional paralizó 2.700 obras heredadas de gestiones anteriores, el 85% de los proyectos pendientes a nivel federal en infraestructura vial, unidades habitacionales, salud y equipamiento urbano. Entre las obras de mayor impacto que se encuentran frenadas y sin financiamiento estatal directo se destacan el deterioro de las rutas nacionales y tramos clave de la Ruta 40, en la región patagónica, y la Autopista Presidente Perón en el conurbano bonaerense. También hospitales de alta complejidad, como el Hospital Néstor Kirchner en La Matanza, centros de salud modulares y decenas de Centros de Desarrollo Infantil distribuidos en distintas provincias. Y miles de viviendas en ejecución pertenecientes a planes federales, además de obras de red de agua potable, cloacas, playones deportivos y parques urbanos. Ante la falta de fondos de la administración central, provincias como Buenos Aires, Santa Fe y Córdoba han tenido que absorber con recursos propios algunos de estos proyectos para evitar su deterioro total.
En materia de jubilaciones, 4,6 millones de jubilados y pensionados cobran el haber mínimo, de $473.318, incluido el bono de $70.000 otorgado por el Estado. Los que no cuenten con vivienda y asistencia familiar están en situación de indigencia. Representan el 64% del total del sistema previsional. Con estas medidas y otras asociadas, como las retenciones a las exportaciones agropecuarias, el BCRA incrementó sus reservas en US$25.000 millones durante el primer semestre de este año. Unos US$10.000 millones se los lleva la deuda externa y la recaudación del segundo semestre estará apurada por los vencimientos de bonos en pesos en 2026 de inversores que quieren liquidar posiciones para volver al dólar.
Después sigue un año electoral.
Y ahí aparece la otra economía: la microeconomía. Es el modelo de Milei para enfriar la inflación en un 30% anual. Un modelo brutal, propio de una experiencia de shock recomendada por la escuela austríaca, pero insoportable durante dos años seguidos. Con una Canasta Básica Familiar en $1,6 millones mensuales, sin alquiler de vivienda, se requieren cuatro salarios mínimos en la casa para llegar a fin de mes. El comercio controla el valor en góndola porque disminuye el consumo. Esta política ha provocado una crisis importante en tres sectores productivos. La industria nacional enfrenta una competencia imposible con la importación libre sin aranceles. La industria textil, la ropa, resulta la más perjudicada, pero muchas otras están muy comprometidas. Techint, por ejemplo, tendrá una dura batalla para competir por la gran provisión de caños que requieren los gasoductos de la próxima década.
En la construcción, la parálisis de la obra pública del Estado significó un golpe inesperado para el sector, pero vino acompañada por una alta rentabilidad de la inversión en la Patria Financiera, superior a la rentabilidad inmobiliaria y sin costos fijos. Más dólares, menos ladrillos. El comercio, por su parte, lleva demasiado tiempo sometido a la recesión y a una situación de “Rentabilidad Cero”. Si a ello se suma una agobiante presión impositiva del Estado, compromiso incumplido del Presidente, y tributaria de los municipios, el resultado es un achicamiento de costos, reducción de personal o el efecto de cortinas cerradas que se ve en los destinos turísticos en baja temporada, por caso. Hubo un incremento de 75.000 empleados despedidos el último año en el sector privado y 45.000 en el público.
La conclusión es bastante sencilla: beneficiados por la macroeconomía, 30%. Perjudicados por la microeconomía, 70%. Entonces, ¿por qué suponemos una elección polarizada, 40/40, en la primera vuelta de octubre de 2027? ¿Qué nos hace pensar que una porción importante de los que padecen estas circunstancias económicas va a votar la continuidad del modelo o, en el mejor de los casos, votará en blanco?
Hay dos respuestas posibles. La primera: porque el peronismo genera temor. Lo genera en los liberales e independientes del electorado; de los radicales, ni que hablar. El voto al PJ es un voto traición, un debate de 75 años. El frente peronista que pretende Kicillof para las elecciones del año próximo deberá presentar un programa de gobierno de contenidos claros y confiables. Eso no se logra con promesas electorales: se necesitan confirmaciones previas que avalen y le den entidad al proyecto. Primero, un gran acuerdo con la industria nacional. Así hacía Perón cuando presentaba sus Planes Quinquenales rodeado de industriales, sindicalistas, empresarios, artistas y sacerdotes. Poder. Confianza. También hay que pensar en las industrias viales. Es urgente la reconstrucción de rutas y vías férreas. Hay que presentar un acuerdo de obra con las corporaciones nacionales y los sindicatos. El superávit fiscal que deje Milei se puede utilizar para esta finalidad, gran proveedora de empleo, al paso. Y después está Brasil, Uruguay y Argentina. Una presunta victoria de un frente peronista en 2027 abre una posibilidad de un alineamiento geopolítico y económico de estos tres países, que pasarían a ser los Dueños del Atlántico Sur. Un futuro Insondable.
Con estos tres argumentos aprobados, el PJ podrá presentar un ideario ajustado a Doctrina: proteccionista, más que nunca para recuperar lo destruido en industrias y PyMEs; antiagio, con ganancia justa y necesaria y prohibición de la usura; y Justicia Social, por supuesto.
La segunda respuesta: porque Milei terminará arreglando. Puede haber un acuerdo político con el PRO, la UCR y varios gobernadores, entre ellos Córdoba y Mendoza. Es muy posible que esto suceda: la polarización asusta a los partidos minoritarios. También están USA, el FMI y la banca internacional. Salvo una catástrofe de Trump en noviembre que lo deje en minoría en las Cámaras, el presidente norteamericano debe hacer todo lo posible por impedir el frente atlántico. De mínima, una refinanciación de la deuda. Seguramente veremos de vuelta en Argentina a Scott Bessent, secretario del Tesoro de Estados Unidos.
Pero, tal vez, con todo eso alcance sólo para un 40% y se escape mucho voto descontento. Es claro que, si Milei pierde, el proyecto libertario desaparece. El Presidente no puede arriesgarse. Que nadie se asombre si Milei se toma un año sabático de la doctrina austríaca y echa mano de esos US$15.000 millones que le van a quedar al BCRA. Nada le impide decretar un aumento de Emergencia Social por un año del 30% para recomposición de los haberes jubilatorios y del salario mínimo vital, sobre el fondo de un ATN vigente en 2027. Jubilaciones. SMVM. ATN por un año.
Pero hay consideraciones disímiles. Milei no necesita un acuerdo con Paolo Rocca, el líder del conglomerado siderúrgico multinacional Techint, ni con la industria nacional. Al contrario, su política económica es la importación sin aranceles. No puede renunciar a ese paradigma porque se queda sin el flujo financiero capitalista, el de las grandes corporaciones internacionales.
Y hay algo que no deberíamos olvidar: en las elecciones vota la gente, votan las mayorías: los obreros, los empleados, la clase media. El voto empresario no mueve la aguja.