Producto de sus victorias políticas y militares a lo largo del siglo XX, el capitalismo se consolidó como la doctrina económica dominante en Occidente y regente del intercambio comercial con Oriente.
La propiedad privada de los medios de producción es el principio rector de esta doctrina y su dinámica se orienta a generar ganancias individuales y acumular capital a través de la competencia (calidad y precio) de bienes y servicios cuyos precios son determinados por la oferta y la demanda en un mercado libre.
Los productores compiten entre sí con bienes y servicios elaborados por personas que venden su fuerza de trabajo a cambio de un salario monetario que, a su vez, les permite participar del mercado como consumidores de los bienes y servicios que la sociedad produce. La moneda es el instrumento utilizado para organizar ese intercambio universal de bienes y servicios.
El sistema es paradójico y complejo, pero también terminó consolidándose como modelo económico dominante en Occidente. La Segunda Guerra Mundial terminó con la derrota del nacionalsocialismo alemán y del imperialismo japonés a manos de los Aliados. Aunque el relato occidental de la posguerra puso naturalmente el acento en sus propias victorias, fueron también decisivos el enorme esfuerzo de guerra de la Unión Soviética contra Alemania y la prolongada resistencia de China frente a Japón. Décadas más tarde, el colapso de la Unión Soviética marcó el fin del principal sistema económico enfrentado al capitalismo.
La democracia capitalista liberal fue una fiesta durante las tres décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, un período de crecimiento económico y expansión social que en Francia llegó a conocerse como les Trente Glorieuses. Europa se reconstruyó con el auxilio del Plan Marshall, un programa de asistencia estadounidense de aproximadamente 13.300 millones de dólares de la época, equivalentes a unos 190.000 millones de dólares actuales, mientras se consolidaba el Estado de bienestar. Japón, que tuvo prohibida la fabricación de armas entre 1945 y 1952 y mantuvo posteriormente fuertes restricciones en materia militar, orientó importantes recursos públicos hacia el desarrollo tecnológico y, décadas más tarde, impulsó, junto con la industria privada, una fuerte inversión en semiconductores hasta convertirse en una potencia mundial en el sector. Italia vivió un período de caos y una guerra civil, antes de la transición definitiva hacia una república democrática. El salto sanitario de esas décadas fue extraordinario. El desarrollo y la aplicación masiva de vacunas, impulsados tanto en Occidente como en la Unión Soviética, permitieron controlar enfermedades que hasta entonces provocaban epidemias y millones de muertes en todo el mundo. Los avances de la medicina y de la salud pública contribuyeron a aumentar en unos 20 años la esperanza de vida de la población mundial. En Sudamérica se expandió la educación pública y gratuita. Con el desarrollo del cine y la televisión crecieron las artes audiovisuales y se transformaron en un derecho al “entretenimiento cultural” de la humanidad.
Pero, (siempre hay un pero), el capitalismo liberal contiene una falla estructural: la tendencia a que el capital (la riqueza) y los medios de producción se concentren en unas pocas corporaciones. El capitalismo concentrado, favorecido por las políticas del capitalismo libertario, es un capitalismo de monopolios y oligopolios; un error del modelo original, porque la concentración termina destruyendo la libre competencia que debería sostenerlo. No es una falla aleatoria, ocasional; es una tendencia intrínseca del sistema que puede conducir a la destrucción de la libre competencia por acción de megacorporaciones que controlan los canales de distribución, la tecnología y las materias primas.
Al debilitarse la competencia real, los precios dejan de estar determinados exclusivamente por el libre juego de la oferta y la demanda y quedan cada vez más sujetos a la voluntad de las empresas dominantes. En un mercado competitivo, las empresas innovan para sobrevivir. En un mercado concentrado, las corporaciones dominantes son depredadoras de sus competidores más pequeños y la concentración del poder económico apunta a reducir la participación de los salarios en el Producto Interno Bruto en beneficio de las ganancias empresariales.
La aspiración máxima de las corporaciones internacionales es la captura de los Estados nacionales para diseñar leyes a su medida, exenciones fiscales y la desregulación de los programas de ayuda social a los habitantes postergados por el sistema. Y ya lo están logrando. En la Argentina, el gobierno libertario de Javier Milei ofrece un claro ejemplo de la creciente influencia del poder económico concentrado sobre las decisiones del Estado, a través de políticas de desregulación, apertura económica y beneficios destinados a las grandes inversiones. En los Estados Unidos, el gobierno de Donald Trump muestra también una fuerte influencia de grandes intereses corporativos, particularmente de las empresas tecnológicas. Pero el fenómeno no es patrimonio exclusivo de la ultraderecha ni responde a una única expresión política: atraviesa gobiernos de distinto signo y adopta formas diferentes en cada país. El problema no es solamente ideológico; es cuánto poder conservan las democracias para gobernar a las corporaciones y cuánto poder han adquirido las corporaciones para condicionar a las democracias.
Los argentinos somos una democracia capitalista. El orden jurídico nacional consagra la propiedad privada y la autonomía en la celebración de contratos; pero también es cierto que se requería, y se requiere, con urgencia un digesto que ordene y sistematice los múltiples mecanismos de intervención creados por la burocracia del Estado en la operación de las transacciones privadas. El cansancio de la población frente a esa burocracia, especialmente en el comercio, fue probablemente uno de los argumentos del voto a Milei en 2023.
No sucedió, no fue desregulación; fue motosierra y una recesión económica salvaje.
Por eso hay antiperonistas desilusionados de Milei.
Seguramente aspiraban a un Estado más concentrado en su rol de garantizar la competencia y regular las fallas del mercado; pero no al costo de destruir la industria nacional a favor del “capitalismo de grandes corporaciones”.
Alguien debiera revelar a los argentinos, y especialmente a la burguesía nacional, que seguramente el modelo que pretendían era un capitalismo guiado por el Estado, con políticas públicas de promoción industrial, una banca oficial orientada al crédito y un entramado de empresas públicas y privadas que lleven adelante el proyecto productivo.
Un nuevo capitalismo argentino, consensuado con las provincias, proteccionista y distributivo, fuertemente exportador de commodities pero reorientando las estrategias productivas al valor agregado exportable, generando recursos destinados al subsidio de los servicios públicos esenciales y a la medicación gratuita para pobres e indigentes; humanista, cristiano o, si le gusta, laico, liberal; pero solidario, con justicia social.
La vieja idea de Patria que nos enseñaban en la escuela.