Recuerdo que, siendo muy pequeña, solía sentarme con mi prima en el patio de la casa de nuestra abuela, la Baba Violeta, y la ayudábamos a trasplantar plantas de lavanda de macetas pequeñas a otras más grandes. Recuerdo que la Baba cerraba los ojos y las olía profundamente. Nosotras la mirábamos, imitándola. “Es como estar allá”, solía decirnos.
Nosotras no entendíamos bien qué era “allá”. A los 7 años, el “allá” podía ser la casa de un vecino, la vereda de enfrente, el patio del fondo. Pero el “allá” que recordaba mi Baba era mucho más lejos. Ella había llegado de Croacia a la Argentina y extrañaba mucho todo lo que había dejado allá. Salir adelante y formar una familia a costa de todo no le dejaban demasiado tiempo para pensar, pero cuando olía las lavandas el mundo dejaba de girar.
Mi prima y yo no sabíamos en ese momento que las plantas liberaban esas moléculas sanadoras que transportaban sus aromas. Mucho después entenderíamos que aquel viaje sensorial tenía también una explicación biológica: el olfato está estrechamente relacionado con el sistema límbico y con los mecanismos cerebrales de la emoción y la memoria. A través de ese perfecto puente entre la química de la planta, el aroma y nuestros recuerdos, la lavanda llevaba a la Baba de regreso a su tierra.
La lavanda tiene una larga presencia en el paisaje y la tradición de Dalmacia. Para la Baba, su perfume era la huella olfativa de su tierra, de su infancia, y olerla del otro lado del mundo era recuperar su hogar. Con el tiempo entendimos por qué la Baba tenía tantas macetas con lavandas. Ella quizás nunca supo nada del sistema límbico y la neurobiología, pero había creado un lugar que le recordaba quién era cuando las cosas se ponían difíciles y la nostalgia la visitaba. Un lugar que le aseguraba que, cerrando los ojos y respirando profundamente, podía volver a encontrar su esencia.
Hoy aquella prima con la que compartía el patio de la Baba vive lejos. También extraña su tierra, su gente. También siente esa nostalgia disfrazada de vacío. Y es en esos momentos cuando huele las lavandas de sus propias macetas, en su nueva casa. Cierra los ojos y viaja al pasado, al patio de la Baba, donde las dos éramos pequeñas y, con las manos llenas de tierra, jugábamos sin saber que ese puente perfumado volvería a unirnos algún día.
Claudia V. Luzny es escritora y trabaja actualmente en La chica del Belvedere, una novela histórica nacida de la memoria familiar, los testimonios y las historias de la comunidad yugoslava de Dock Sud. Su familia materna, con raíces en Croacia y Bosnia, forma parte de ese universo atravesado por la inmigración, el desarraigo y la construcción de una nueva vida en la Argentina. El título recuerda al Belvedere, el barco en el que su abuela Violeta viajó desde Yugoslavia hacia la Argentina. Este relato nace de esa misma memoria, donde un aroma puede atravesar generaciones y distancias para devolvernos, por un instante, al lugar del que venimos.